Santaelisabeth

Los Seis Primeros Grados de Soberbia

Cuando hayas encontrado, aún más, reconocido en ti estos grados de soberbia, ya no tendrás que afanarte por encontrar el camino de la humildad.

 

PRIMER GRADO DE SOBERBIA: LA CURIOSIDAD

Puedes detectarla a través de una serie de indicios. Si ves a un monje que gozaba ante ti de excelente reputación, pero que ahora, en cualquier lugar donde se encuentra, en pie, andando o sentado, no hace más que mirar a todas partes con la cabeza siempre alzada, aplicando lo oídos a cualquier rumor, puedes colegir, por estos gestos del hombre exterior, que interiormente este hombre ha sufrido un cambio. El hombre perverso y malvado, guiña el ojo, mueve los pies y señala con el dedo (Prov.6,12-13). Por este inhabitual movimiento del cuerpo puedes descubrir la incipiente enfermedad del alma. Y el alma que, por su dejadez, se va entorpeciendo para cuidar de sí misma, se vuelve curiosa en los asuntos de los demás. Se desconoce a sí misma.

El curioso se entretiene en apacentar estos cabritos (los ojos y oídos) mientras que no se preocupa de conocer su estado interior. Si cuidas con suma atención de ti mismo, difícil será que pienses en cualquier otra cosa.

Por encima de todo guarda tu corazón (Prov.4,23); y todos tus sentidos vigilen aquello de donde brota la vida. ¡Curioso! ¿A dónde vas cuando te alejas de ti?

Guarda bien lo que se te ha confiado, espera lo prometido. Evita lo prohibido, no sea que pierdas lo que ya posees.

Todo te está permitido pero no todo te aprovecha (1Cor.16,12). Si tu alma se mantiene alerta, la curiosidad no encontrará momentos ociosos.

Cuando miras con ansiedad hacia el árbol prohibido, la serpiente se introduce a hurtadillas en tu corazón y te habla con lisonjas; ahoga tu corazón con halagos y disipa con mentiras tu temor. Te excita a gula para que hiervas en ansiedad; agudiza la curiosidad con la sugestión del deseo. Te ofrece lo prohibido y te arrebata lo que ya tienes. Te da una manzana y te roba el paraíso.

 

Por la curiosidad salimos de la órbita de la verdad. Primero se mira con curiosidad lo que después se desea ilícitamente y se ansía con presunción. La curiosidad reivindica para sí el primer grado de soberbia que, según el parecer de la mayoría, es fuente de todo pecado. Si no se reprime rápidamente, pronto se deslizará hacia la ligereza de espíritu que es el segundo grado.

 

SEGUNDO GRADO: LA LIGEREZA DE ESPIRITU

El monje que no cuida de sí mismo, controla curiosamente a los demás. A algunos los reconoce superiores a él, pero a los que considera inferiores los desprecia. En los primeros ve cosas por las que se come de envidia; en los segundo, actitudes que le provocan irritación. El espíritu zarandeado por esa incesante movilidad de los ojos, y totalmente ajeno al cuidado de sí mismo, unas veces quiere encumbrarse por la soberbia y otras queda abatido hasta lo más profundo por la envidia. Tan pronto está lleno de maldad y se consume de envidia, para después reírse como un niño ante su propia gloria. La primera actitud respira maldad; la segunda, vanidad; y ambas, soberbia. Porque el amor de la propia gloria es lo que hace sentir dolor por lo que le supera y alegría de sentirse superior. Unas veces es lacónico y mordaz; otras, locuaz y vano. Ahora revienta de risa, luego estalla en llanto y siempre es un irreflexivo.

 

TERCER GRADO: LA ALEGRÍA TONTA

Es característico de los soberbios suspirar siempre por los acontecimientos bullangueros y ahuyentar los tristes. El monje que llega por la curiosidad a la ligereza de espíritu, se siente incapaz de soportar la humillante experiencia de un gozo que tanto anhela, pero siempre bañado en tristeza, cuando constata el bien de los demás. Busca entonces el subterfugio de un falso consuelo. Reprime la curiosidad para rehusar la evidencia de su bajeza y la nobleza de los otros. Inclinándose al lado opuesto, pone de relieve aquello en que cree sobresalir y atenúa con disimulo las excelentes cualidades de los demás. Así pretende cegar lo que considera fuente de su tristeza y vivir en una incesante alegría fingida.

A estos tale nunca les verás gimiendo o llorando. Sus gestos reflejan ligereza; su semblante, alegría tonta; y su forma de andar, vanidad.

Como han borrado de su memoria todo cuanto les pueda humillar y entristecer, sueñan y se representan todos los valores que se imaginan tener. Se parecen a una vejiga llena de aire; si la pinchas con un alfiler y la aprietas, hace ruido mientras se desinfla. El aire a su paso por ese invisible agujero, produce frecuentes y originales sonidos. Esto mismo ocurre al monje Que ha inflado su corazón de pensamientos vanos jactanciosos. La disciplina del silencio no le deja expulsar libremente el aire de la vanidad. Por eso lo arroja forzado y entre carcajadas por su boca. Aunque cierra la boca con sus puños, todavía deja escapar algunos estallidos de nariz.

 

CUARTO GRADO: LA JACTANCIA

Si a la vanidad le da por tomar cuerpo y sigue inflándose la vejiga, se llega a un grado de dilatación tal que se precisa un orificio mayor. De lo contrario podría reventar. Esto le ocurre al monje que rebasa la vana alegría. Ya no le basta con el simple agujero de la risa o los gestos; si no habla; revienta.

Está cargado de verborrea, y el aire de su vientre le constriñe. Anda hambriento y sediento de un auditorio al que pueda lanzar sus vanidades, arrojar todo lo que siente y darse a conocer en lo que es y vale. A la primera ocasión, ensarta una perorata con el eco de palabras ampulosas. Se adelanta a las preguntas; responde incluso a quien no le pregunta. Propone cuestiones, las resuelve él mismo, y corta a su interlocutor, sin dejarle terminar lo que había empezado a decir. Cuando suena la señal y se precisa interrumpir la conversación, la hora larga transcurrida le parece un instante. Pide permiso para volver a sus historias fuera del tiempo señalado. Claro que no lo hace para edificar a nadie, sino para cantar su ciencia. Podría edificar, pero eso ni lo pretende. No trata de enseñarte o aprovecharse de tus conocimientos, sino de demostrarte que sabe algo. Resumiendo: en el mucho hablar se descubre la jactancia.

 

QUINTO GRADO: LA SINGULARIDAD

Sería bochornoso para los que presumen ser superiores a los demás, no sobresalir en algo por encima de lo ordinario y no llamar la atención con su propia superioridad.

No procuran ser mejores, sino parecerlo. No desean vivir mejor, sino aparentar que son mejores para poder decir: ¡No soy como los demás! Se lisonjea más de ayunar un solo día en que los demás comen que si hubiese ayunado siete días con toda la comunidad.

Durante la comida rastrea su mirada por las otras mesas. Si ve que alguien come menos, se duele de haber sufrido una derrota. Entonces empieza a privarse sin miramiento alguno de lo que creía antes que debía comer, temiendo más el detrimento de la propia estima que el tormento del hambre. Si encuentra a alguien más demacrado y pálido, se condena a sí mismo por vil, y ya no vive tranquilo.

Vive siempre al acecho de sus propios intereses y es indolente en los asuntos comunes. Vela en cama y duerme en coro. Mientras los demás respiran el sosiego del claustro, él se queda sólo en el oratorio; carraspea y tose; y desde el rincón donde se encuentra aturde con sus gemidos y suspiros a los que están fuera sentados. Con todas estas rarezas carentes de merito, se acredita un excelente prestigio entre los más ingenuos, que tienen por cierto lo que ven y no se paran a pensar de donde viene tal tumor santo; e incurren en engaño.

 

SEXTO GRADO: LA ARROGANCIA

Elogia todo lo que hace y no le preocupa lo que pretende. Se olvida de las motivaciones de su obrar. Se deja arrastrar por la opinión de los demás. Aunque su vida es pura palabrería y ostentación, se considera como la encarnación misma de la vida monástica, y en lo íntimo de su corazón se tiene por el más santo de todos. Cuando alaban algún aspecto de su persona, no lo atribuye a la ignorancia o benevolencia del que le encomia, sino arrogantemente a sus propios méritos.

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Written by santaelisabeth

noviembre 27, 2007 a 12:28 pm

Publicado en Bernardo de claraval

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