Santaelisabeth

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VIDA COMÚN, ESCUELA DE CARIDAD

VIDA COMÚN, ESCUELA DE CARIDAD

La visión de los hermanos o hermanas cuando celebran juntos la liturgia, rezando y trabajando juntos y en silencio, viviendo bajo el mismo techo, apartados del mundo, es la imagen que ha marcado el punto de partida de muchas vocaciones cistercienses. En una comunidad tal, hemos reconocido la atracción que llenaba nuestro corazón y hemos elegido unirnos a ella. Exclamaríamos gustosos con Guillermo de Saint Thierry cuando veía a lo lejos Claraval acurrucada en el valle: “El amor bien ordenado ha hecho de este valle lleno de hombres un lugar solitario para cada hermano, gracias a la disciplina de la Orden. Porque… esto defiende la soledad del corazón de cada hermano, en el seno mismo de una muchedumbre ordenada, gracias a la unidad de espíritu de todos y gracias a la ley del silencio regular”. 

De hecho, tal elección no nos pertenece. De nuevo iba a realizarse en la Iglesia lo que dijo San Lucas acerca de los primeros cristianos: “Y día tras día el Señor iba agregando al grupo a los que se iban salvando” (Hechos 2, 47). Realmente nosotros no habíamos elegido. Habíamos sido elegidos. Y no por los miembros de la comunidad, que no nos conocían, sino por el Señor que había elegido esta comunidad para nosotros y nos había elegido para ella. Entregados unos a otros, por un don gratuito del Señor, es desde entonces, y a través de ese don y del principio de comunión que instaura, que esperamos y ansiamos encontrar­nos con él.

A veces este don es tan imprevisto y gratuito, como desconcer­tante resultará el camino a seguir. Pero su fruto, más allá de todo lo que nos hubiésemos atrevido a esperar es un largo y paciente aprendizaje de la gratuidad del amor. Es este el aspecto más particular y forzosamente limitado, – la pedagogía de la vida Cisterciense, “Escuela de amor”- sobre lo que trata este documento. 

SOCIALIS GRATIAE SUAVITAS – DULZURA DE LA GRACIA DE ESTAR JUNTOS

De esta elección de los principios que nos parecía tan razonable, se nos escapaban los móviles profundos. Numerosos eran los motivos que podían conducirnos a preferir tal vida fraterna o a formas de vida monástica más solitarias, o incluso más arriesga­das: los “consuelos que proporcionan los compañeros de viaje”, la seguridad de ser ayudado en caso de dificultad, los ejemplos edificantes de los hermanos. Igual que el joven Antonio, antes de retirarse definitivamente del trato de los hermanos, teníamos la impresión de ver en cada uno de ellos una gracia particular que podía alimentar nuestras esperas y nuestros esfuer­zos: “Antonio pensaba en el humor agradable de uno, en la asiduidad de la oración del otro; observaba la dulzura de espíritu de éste y la bondad de aquel; observaba los desvelos de uno y el amor a la lectio en otro; admiraba la paciencia en unos y los ayunos y austeridades en otros…; pero sobre todo, su corazón ponía el acento en cual era el amor de todos por Jesucris­to y la caridad que manifes­taban”.

¿Quién no ha pensado al haber presentido algo del “Paraíso del claustro”, como lo llama San Bernardo o incluso el “Paraíso celeste” que entrevé Guillermo a través de un descrip­ción coloreada de la comunidad cenobítica? El mismo Bernardo nos pone en guardia sobre esto: lo que se aprehende y vive cuando se es joven candidato, no es más que un modesto comienzo: “Es una flor, dice él, porque el tiempo del fruto no ha llegado todavía”. Solamente hay una esperanza fundada de que habrá fruto, en la medida en que el novicio presente ya algún vínculo entre su atracción hacia Dios y la vida fraternal, incluso si ésta no le ha revelado todas sus exigencias. 

Si es inteligente, adivinará muy pronto que las primeras alegrías, incluso el entusiasmo que le procura la vida fraterna no están desprovistas de cierta ambigüedad. Si se identifica tan fácilmen­te con su comunidad es también porque ella le corres­pon­de sin que él sea consciente, a la imagen que se hace de sí mismo, imagen todavía muy idealizada e incluso halagüe­ña. Si no está a la altura de la comunidad él mismo cree de un modo narcisista que se encuentra a la altura de ésta. Sin saberlo, la ha anexionado a la imagen narcisista que tiene de sí mismo. De ahí su necesidad de quererla tan perfecta como sea posible, sin arrugas, sin manchas, en suma, digna de él, invadiéndole la irritación cada vez que la realidad amenaza sus ideales. No es todavía hombre de comuni­dad, sino un solitario que se ignora, que se sirve de los demás incluso por largo tiempo cuando halagan su imagen, pero los rechaza brutalmente, incluso los condena, cuando lo ponen en tela de juicio. Esta primera etapa sin embargo es fecunda y será sobrepasa­da algún día. El desgaste del tiempo y el de los hermanos se encarga­rán de ello, cuando Dios quiera. 

LABOR HUMILITATIS – EL TRABAJO DE LA HUMILDAD

Con frecuencia San Juan Casiano en sus escritos observa desde distintos ángulos las ventajas e inconvenientes respectivos de la vida solitaria y de la vida en comunidad. Según él, la vida cenobítica precede a la solitaria no sólo en el tiempo sino también en la gracia. Entre otras ventajas, ésta- la vida comunitaria- posee la de sacar a la luz la debilidad y el pecado del monje mientras que la soledad las disimula provisionalmente y abre así un camino a la ilusión. Imposible el vivir entre sus hermanos sin que su presencia no despierte nuestros defectos: “Si nos retiramos al desierto antes de ser curados de nuestros vicios, impedimos que fructifiquen,  permaneciendo la raíz del pecado oculta en nuestro corazón. Lejos de extinguirse, la pasión crece secretamen­te”. Ahora bien, es importante conocer el pecado para experimentar el arrepentimiento, porque sólo el arrepentimien­to puede curarnos: “Cuanto mayores son el dolor y el arrepentimien­to a causa de nuestras faltas, más pronto podemos curarnos gracias a ellos”.

Así la vida fraterna se nos presenta como el espejo provoca­tivo y molesto de nuestras propias imperfecciones. Ya estamos lejos de nuestros primeros fervores cenobíticos. Bernardo recoge la doctrina de Casiano y va describiendo detalladamente este proceso en los Tratados del Amor de Dios y sobre los grados de humildad y soberbia. La primera etapa incluye el conocimiento de su propia miseria que roza con el desánimo: miseria que no es fuente de salvación porque “más que refugiarse en la misericordia se refugia en la justicia”.

Bernardo llama a esta etapa decisiva: labor humilitatis, trabajo o ascesis de la humildad. Trabajo, a la vez, psicológico y espiritual, de una gran importancia. Hoy lo llamaríamos acepta­ción de sí mismo, con su pasado, sus recuerdos, sus inevitables frustraciones y sus límites. Este trabajo no puede comenzarse más que bajo la mirada esclarecedora y benévola de un acompañante. No será verdaderamente consumada más que en el encuentro de la mirada misericordiosa de Dios. Puesto que Dios nos ama tal y como somos, ¿por qué no amarnos a nosotros mismos de la misma forma, sin falsas vergüenzas y sin culpabilidades inútiles? Y esto es porque, por muy extraño que pudiera parecernos, el primer grado del amor al prójimo y a Dios, para San Bernardo, es el amor misericordioso a sí mismo.

En este aprendizaje de la aceptación de sí mismo, la comunidad juega un papel muy importante. En primer lugar, porque nuestros hermanos nos manifiestan nuestra pobreza. Las tempestades de agresivi­dad, de rivalidad, de celos que, sin que ellos se den cuenta, desencadenan en nosotros, son testigos de esto. Seguro que el contenerlos es una buena táctica, pero esto no basta. Porque son otro de los frutos que producimos y merecen una interpretación. Porque todo lo que nos irrita de nuestros hermanos nos enseña siempre algo sobre nosotros mismos. Son nuestras propias cicatrices que vuelven a sangrar, nuestras propias debilidades que se sienten amenazadas. Esto no quiere decir que la irritación que todo ello nos produce no tenga una causa objetiva en un defecto de un hermano, pero, y desde el punto de vista del hermano, toda interven­ción intempestiva por nuestra parte puede ser ineficaz incluso durante un tiempo largo hasta que nos reconciliemos con la herida que llevamos en nosotros. San Benito lo sabía y pide a los padres espirituales que sepan curar sus propias heridas, al tiempo que curan las de los hermanos. 

Este labor humilitatis constituye una etapa decisiva del camino monástico. El fruto de todo ello será lo que la Tradición llama contritio cordis o “quebranto del corazón”, haciéndose eco de la imagen del salmo 50,19 “Un corazón quebrantado y humillado Tú no los desprecias” ¿En qué consiste este quebrantamiento?, Tiene lugar cuando el corazón hostigado, agotado por las tentaciones, humillado hasta el punto de desalentarse a la vista de su incorre­gible debilidad, acaba por abatir las armas con las que, en su ignorancia, luchaba contra la gracia, consintiendo en capitular entregándose a la dulce misericordia del Salvador. Ahora su resistencia está rota, su orgullo triturado. Mi yo verdadero puede brotar un día bajo la mirada benevolente de Dios, con frecuencia en un brote de lágrimas muy dulces, lágrimas de arrepentimiento: un segundo bautismo. Nos encontramos en el corazón del Evangelio y de la experiencia cristiana y monástica. La alegría es muy grande. Bajo la pluma de Benito se convierte en “la dulzura inenarrable del amor”.

Pero antes de llegar aquí, la crisis puede prolongar­se, muchas veces durante toda, o casi toda, la existencia de un hombre. En una vida comunitaria, la fraternidad se convierte en el escenario e instrumento privilegiado. San Benito describe los elementos y lo que está en juego para esto, en el cuarto grado de humildad. A este grado se le ha llamado la “Noche” del cenobita. En efecto, el mismo ambiente cenóbitico se convierte en la suprema tentación. Nada falta, nada sobra bajo la pluma de Benito: ni las situaciones injustas, ni el superior que contraría, ni los falsos hermanos; además de la “trampa”, del “fuego del crisol”, del “matadero”, y de la “muerte”. No existe otra salida que abandonarse al amor del Señor: “Pero todo esto lo llevamos con nosotros gracias al amor que nos ha tenido”.

AFFECTUS COMPASSIONIS – EL CORAZÓN QUE ESTA TOCADO DE COMPASIÓN

Es amándose a sí mismo con misericordia, la misma que hemos experimentado por parte de Dios en lo más profundo de la crisis, cuando empezamos a amar a nuestros hermanos. Es a partir de lo que uno mismo ha sufrido cuando compartimos el sufrimiento de los demás. Y es a partir de esta compasión cuando se abre el acceso a la contemplación. Bernardo hace notar que la bienaventu­ranza de los miseri­cordiosos precede, en el Evangelio, a la del corazón puro que ve a Dios. Porque el corazón tiene necesidad de ser purificado por la misericordia antes de estar dispuesto para la contemplación. Ahora bien, “para tener un corazón misericordioso con la miseria de los demás, tienes que haber reconocido antes tu propia miseria”. 

La dulce participación en la vida comunitaria está en primer lugar en compartir la miseria comunita­ria “Conscien­tes de nuestra debilidad común, hemos de humillarnos mutuamente, apiadándonos unos de otros, con el temor de que la elevación orgullosa de unos no divida a los que iguala la condición de ser débiles”, escribía Balduino de Ford en un célebre y pequeño tratado consagrado a este tema. El clima de la vida comunita­ria Cisterciense está impregnado de gracias que son propiamente evangélicas, según el mismo autor a saber: “paciencia mutua, humildad mutua, caridad mutua”. Porque en él y la acepta­ción de la miseria común lleva consigo la exigencia de una misericordia comunitaria.

TERAPIA COMUNITARIA

En este clima, la vida fraterna puede llevar consigo un poder de curación psicológica y espiritual que transfor­ma la vida comunitaria en verdadero recurso terapéutico. Para San Bernardo, el “bálsamo de la misericordia” es “curativo”. Su segundo sermón de Pascuas describe las etapas y condiciones de este trayecto. Todavía hoy, nos dice, la misericordia unida a la “paciencia en un humilde afecto”, pueden resucitar a un hermano que yace espiritualmente muerto en su tumba. El hermano misericordioso reencuentra así una cualidad connatural al hombre cuando no está ofuscado por el pecado: “una especie de liquidez de una extrema y grata dulzura que lo hace tierno para comprender y compartir con los pecadores más que amarlos e indignarse contra ellos”. San Benito recomienda al abad de “hacer siempre prevalecer la misericordia sobre la justicia, con el fin de ser tratado un día de la misma suerte”. También para Bernardo la misericordia se convertirá en irresistible hasta tal punto que si, por un imposible, se convirtiese en un pecado, él no podría dejar de cometerlo. Y el acento inolvidable con que ha debido de comentar a menudo el tema de la misericordia en Capítulo, se condensa en una vigorosa afirmación que toma del Exordio Magno, es la siguiente: que incluso Judas si fuese monje de Claraval, hubiese encontrado allí misericordia.

Si el pecado y el perdón forman parte del camino monástico, es normal que los débiles y los pecadores encuentren un lugar en la comunidad. Allí se les espera. Una comunidad que excluye a los pecadores, dejará de ser cristiana. Porque allí donde se niega el pecado hasta tal punto, o más bien se le disimula hábilmente, no hay lugar para la gracia y se priva a Dios de su mayor alegría, la de acoger al pecador que se convierte. Estaríamos en otro mundo, el de los “justos”, según las palabras del Evangelio, los “justos” que no necesitan conversión (Lc 15,7); es decir, los fariseos para decirlo claramente.

Por el contrario, a través de la misericordia, tanto el más débil como el más fuerte pueden respirar el mismo clima de Dios, porque nadie se parece más a Dios que el que es misericordioso con sus hermanos. En el caso de un Elredo, por ejemplo, se ha podido hablar de una verdadera “opción preferencial por los débiles” en el interior de su abadía. Su biógrafo no duda en llamar “Madre de misericordia” al monasterio de Rievaulx, tan numerosos eran los extranjeros y de los países más remotos que teniendo necesidad de misericordia fraterna, venían a refugiarse en él”. 

“Necesitaban misericordia fraterna”, estas palabras recuerdan a las que hemos pronunciado cuando nos prosternamos a los pies de la comunidad antes de ser admitidos: “¿Qué pides? – “La misericor­dia de Dios y la de la Orden”. Por tanto doble misericordia, que necesitába­mos para reconciliarnos nosotros mismos y encontrar, detrás del rostro de la “misericordia fraterna”, el rostro del verdadero Dios. Allí está el ministerio del abad, pero éste sería poco eficaz si los hermanos, de un modo u otro, no se uniesen a él. Bernardo ha conocido a tales hermanos: “Serviciales, afectuo­sos, agradables, dóciles, humildes… no sólo soportan las enfermedades del cuerpo y del alma, sino que ayudan a sus hermanos con su servicio, los confortan con la palabra, los instruyen con sus consejos y, si la regla del silencio no lo permite, por lo menos no cesan de aliviar al hermano débil afanándose en orar por él… Un tal hermano en la comunidad es como néctar en la boca. Todos le señalan con el dedo y dicen: “Este es el que ama a sus hermanos y al pueblo de Israel, y que no cesa de rogar por el pueblo y por toda la ciudad santa”. Tales monjes y monjas se encuentran en cada comunidad Cisterciense. Son el tesoro escondido. Son los terapeutas de sus hermanos. Iconos vivientes de Cristo Servidor en medio de los suyos, su “humilde amor” construye la Iglesia.

AMOR Y OBSERVANCIAS

La misericordia comunitaria engendra un modo evangélico de vivir las observancias, fundamentales en la vida monástica. Dan un rostro particular al carisma del grupo y constituyen la osamenta de la vida comunitaria. Sobre todo, precisan el terreno concreto donde cada uno ejercitará su gracia particular. En este sentido, deben ser una invitación para los más fuertes, pero al mismo tiempo, protección para los más débiles, que gracias a ellas, no se desaniman nunca. Sin embargo, el modo de vivirlas, puede diferir considerablemente de una época a otra, de una cultura a otra incluso para cada uno en particular, o de una a otra edad. Cierto rigorismo que se impulsa al conjunto de los hermanos, el ideal ambiguo e ilusorio de una regularidad perfecta, pueden cerrar las puertas al amor. Elredo encuentra palabras duras para fustigar el celo amargo de ciertos monjes observantes “que se enorgullecen de una falsa justicia, despreciando a los demás, rehusando colocarse al nivel de los hermanos haciendo uso de cualquier clase de compasión…En gentes semejantes, la fortaleza del alma no es virtud sino vicio, los que desprecian a los demás porque no son capaces de vigilar, de ayunar, y de rezar más que ellos. El fin de la ascesis no consiste evidentemente en este encerramien­to orgulloso en sí mismo. Por el contrario, es precisamente en la toma de conciencia sufrida en su miseria, llamada “quebrantamiento del corazón”, fraternalmente compartida con el fin de compartir esta misma misericordia. También Bernardo nos sigue exhortando a no salir de la miseria común para tampoco salir de la miseri­cordia. Porque el que “oculta su miseria, oculta la miseri­cordia”.

Tal forma de vivir las observancias supone un delicado equilibrio entre su proposición clara y legible por el superior y el modo “misericordioso” de administrarlas en la vida concreta, dicho de otro modo: entre la Regla y lo que llama Bernardo la dispensatio, la manera de aplicarla en casos concretos. Este equilibrio supone, en los responsables y Padres espirituales, un continuo discernimiento, a fin de que la tradicional pedagogía de las observancias y la necesaria corrección fraterna que la acompaña sean siempre una pedagogía de la libertad espiritual y del amor. El “celo por la justicia” que el superior nunca debe abandonar, debe siempre ir acompañada por el “bálsamo de la misericordia”, que sólo tiene poder de curar. Y solamente a este precio cualquier comunidad monástica llamada de “estricta observan­cia” irradiará el verdadero espíritu evangélico. 

VOLUNTAD COMÚN

Al mismo tiempo que la participación de la misericordia, recibida en común de Dios y de los hermanos, le son afines la participación y conocimiento del deseo de Dios respecto a la comunidad y a cada uno de los hermanos: el monje aprende a renunciar a su “propia voluntad” y a descubrir la “voluntad común”. Esta insistencia a renunciar a toda “propiedad” va más lejos que la simple obediencia al superior. Se pone de relieve la comunidad primitiva en los Hechos (4, 32), y engloba todo lo que hace daño a la vida fraterna o pueda dividir a la comunidad. Primeramente, la propiedad privada, cualquiera que sea, asimismo todas las formas de singularidad, aislamiento con relación a los demás, murmuracio­nes, y sobre todo la detracción, este último vicio era para San Bernardo la señal más evidente de una escandalo­sa falta de amor.

La obediencia, virtud cenobítica por excelencia, toma, dentro del clima Cisterciense, un matiz “social”. Es el designio de Dios sobre la comunidad, que es importante discernir en conjunto, discernimiento que sirve para que la renuncia total a la voluntad propia, tanto en los hermanos como en el abad, se convierte en condición indispensable. Los intercambios comunitarios, y todas las decisiones que se tomen, revisten así un valor propiamente espiritual. Son también parte de la escuela del amor.

UNIDAD PLURAL

Esta ausencia de toda “propiedad” en el sentido negativo de la palabra y esta búsqueda de comunión y unidad no excluyen sin embargo un pluralismo sano. Dentro de la única observancia Cisterciense, los carismas son distintos. Lo ha repetido a menudo San Bernardo: cada monasterio posee sus Martas, sus Marías e incluso sus Lázaros, sus Pablos y también sus Juanes, cenobitas, anacoretas, giróvagos, e incluso sarabaítas espirituales, oficiales y claustrales, activos y contemplativos. El papel del abad será el de alentar cada vocación particular y asegurar la unidad de esta diversidad; por lo que se refiere a los hermanos, respetar la diversidad de los demás sin envidiarla, a menos que no se trate de la “mejor parte” a la que todos están invitados a preferir. “Dichosa, siempre, la comunidad en que Marta se queja de María”, dirá San Bernardo que, bajo ciertas condiciones anima incluso a sus hermanos a procurarse cierta soledad en la vida comunitaria. Así se ha señalado con precisión “Soledad y vida en común son alterna­tivas allí donde el monasterio ha degenerado en institución totalitaria, exigiendo una observancia uniforme que va más allá de lo que San Benito jamás habría pretendido”. 

Porque la comunión es tan total entre hermanos que cada una de estas vocaciones particulares, y las gracias que llevan consigo, se convierten en un bien común. En una comunidad “lo que pertenece a uno, pertenece a todos”. Y esto se da de dos maneras, explica Balduino de Ford: Primero, porque el bien que posee un hermano, lo posee para los demás, el bien que no posee lo ama en los demás; “Las gracias diferentes se relacionan con la comunión; cuando los dones concedidos por separado a particula­res, se poseen en común por la comunión del amor; y cuando, por el amor de la comunión, los dones son amados en común”. En cierto sentido, para Bernardo, el pertenecer a la comunidad basta para salvarse, incluso para un monje que estuviese “lleno de acedía y fuese el peor de todos”. 

AMISTAD ESPIRITUAL

Si no hubiese existido el célebre Tratado de Elredo, hubiese bastado la correspondencia de San Bernardo y las muchas confiden­cias escapadas de su pluma para sentir hasta que punto los primeros Cistercienses estaban dotados para el amor de amistad. Y un amor de amistad que se expandía en amor de Dios. Galland de Reigny confiesa a San Bernardo como, cuando lo oía hablar, su corazón se llenaba de amor por él, y añade: “Y digo bien: amor por ti, más que amor de Dios. Pero que al deslizarse en el espíritu, este amor por ti prepara una camino hacia el amor de Dios”. 

La amistad supone una cierta pedagogía que no será la misma en todas las edades. La madurez afectiva más o menos grande del hermano juega un papel determinante. Toda amistad es capaz de favorecer esto, pero también de detenerlo o extraviarlo por malos caminos. El nacimiento de una amistad es siempre, un aconteci­miento importante que merece respeto y atención, ya se trate de la amistad entre dos personas que vivan en el mismo claustro o una amistad con alguien del exterior. Al principio de la vida monásti­ca, la amistad requiere un acompañamiento basado en una apertura leal del corazón. Porque a menudo se convierte en camino y soporte de un amor más grande a Dios y a los hermanos. El camino puede ser largo. El amor privatus del principio debe convertirse en amor communis. Ahora bien, es evidente que, durante cierto tiempo, una afectividad intensa, todavía insuficientemente integrada, jugará un importante papel. Sin dramatizar los eventuales excesos, el hermano será animado sin cesar no a amar menos, sino a amar más y a ordenar este amor hacia el amor preferente por Jesús, su verdadera vocación. Asistido de este modo, la aventura de la amistad puede no solamente producir un consuelo real, sino convertirse en la prueba de la autenticidad del amor por Dios.

COR UNUM ET ANIMA UNA – UN SOLO CORAZÓN, UNA SOLA ALMA

El quebrantamiento del corazón ha hecho nacer en cada uno de nosotros una mirada nueva y también una nueva sensibilidad espiritual. La misericordia y el amor mutuos practicados con perseverancia convierten siempre a la comunidad en una imagen y semejanza de la comunión celeste e incluso trinitaria, de la que es el icono en esta tierra. Incluso si los carismas son distintos y complementarios, la adhesión exclusiva de todos al único Dios garantiza poco a poco la unidad interior y la unanimidad de todos. “Que todas las almas sean una, que los corazones permanezcan unidos, exclama San Bernardo, amando sólo a uno, buscando sólo a uno, adhiriéndose sólo a uno y sintiendo lo mismo en cada uno”. Las actividades pueden ser diferentes, “la unidad interior y la unanimidad son semejantes y unen las diferencias que existen entre ellas por el atractivo de la caridad y la unión de la paz”. 

Sería bueno citar aquí enteramente la descripción detalla­da, por la pluma de Guillermo, de esta “specialis caritatis schola” que es la vida cenobítica, donde confluyen todas las enseñanzas y todos los cambios “no por los razonamientos sino por la verdad y la experiencia” de lo que se discute: “el celo y la aplicación a la oración son tan grandes y continuos que cualquier lugar se convierte en lugar de oración, un lugar donde reina Dios… En los ejercicios de piedad comunes, incluso en cierto encanto de un rostro, de los cuerpos y sus relaciones mutuas, los hermanos ven en ellos la presencia de la bondad divina y se abrazan con tanto amor, que como los serafines, cada uno se abrasa de amor por Dios a partir del otro, sin que les parezca suficiente lo que aportan mutuamente”. 

EXCESSUS CONTEMPLATIONIS – EL “PASARSE” EN LA CONTEMPLACIÓN

Más allá de esta comunión fraterna, en la que Dios está ya misteriosamente presente, él solo puede entonces, según Bernardo, tomar la iniciativa de llamar a cualquiera al excessus contempla­tio­nis. Es en este momento cuando la Schola humilitatis, la Escuela de humildad produce su fruto: el alma, porque, conducida por el Espíritu Santo a través de las bodegas de la caridad fraterna y desde este momento languideciendo de amor, no espera más que ser admitida en la cámara nupcial del rey. No se trata de una etapa por la que debía necesariamente terminar el camino de la vida cenobítica. Esto no está al alcance del monje, aunque éste estuviese lleno de celo, incluso si se convirtiese en el deseo exclusivo de su corazón. Pertenece sólo a Dios “elevar” o “arrebatar” el alma, dirá San Bernardo con un término tomado de la experiencia paulina (1Cor 2,13), con el fin de introducir durante un breve momento en una experiencia que se convertirá en un sabor anticipado del más allá.

Pero, curiosamente, el alma no abandona por un sendero tan humilde los apremios del amor fraterno, que nunca desaparecerán por completo en esta vida. A través de ellos, no cesará de rehacer la experiencia de su debilidad. La Escuela del amor se convierte, para siempre, en una escuela de humildad. El monje permanece así, durante mucho tiempo un “escalador lento, un caminante siempre fatigado, de andar perezoso, que no cesa nunca de inventarse rodeos. Qué importa. De todas las virtudes que Jesús poseía, sólo nos pide una, una que hemos de aprender de él: la humildad. “Oh optanda infirmitas“. Dichosa y deseable debilidad, osará escribir Bernardo, que nos proyecta de nuevo hacia la gracia y la fuerza de Dios. El mismo confiesa que progresa de esa forma: “Apoyándome fuertemen­te sobre los pies de la gracia y arrastrando suavemente la mía que está enferma, subiré con seguridad por la escala de la humildad, hasta que, adherido a la verdad (Dios), pase a los amplios espacios de la caridad, así voy progresando prudentemente, como a escondi­das, por un sendero estrecho, que sube seguro y como insensible por una escalera rígida. De esta manera asombrosa se accede a la verdad (Dios), con pereza, pero con decisión: renquean­do.

 Progresar en el amor arrastrando un pie enfermo, subir sus peldaños renqueando perezosamente, no se puede describir con más elocuencia que el camino hacia el amor pasará siempre por la humildad. Nuestro progreso hacia Dios a través de la comunidad de los hermanos no escapa a esta ley fundamental del Evangelio. Solamente el hermano con el corazón destrozado, consciente de su pobreza, pero confiando locamente en la misericordia puede esperar llegar un día donde Dios le espera. “De todas formas, afirma San Bernardo, recuerdo que os repetí varias veces que nuestro progreso consiste en lo siguiente: no pensar nunca que haya alcanzado la meta, lanzándose siempre hacia lo que está ante nosotros, intentan­do cada vez hacerlo mejor, y exponiendo continuamente todo lo que en nosotros es imperfecto a las miradas de la divina misericordia”. Y, en la comunidad Cisterciense, podemos añadir: “y a las miradas misericordiosas de nuestros hermanos”.

                                                                                                                             Dom André LOUF

                                                                                                                     Abad deMont-des-Cats



 

 

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Written by santaelisabeth

noviembre 27, 2007 at 7:05 pm

Publicado en Schola Caritatis