Santaelisabeth

Regla de San Benito (Estudio)

PROLOGO

El prologo, más que presentar el código monastico, describe la vocación del monje y las grandes perspectivas de su itinirerario espiritual. Crea así el clima ideal en que deben leerse los capitulos que siguen a continuación.

Incluye, a su vez, conceptos como el de la muerte, que se aproxima inexorable; el de la vida, considerada como el plazo concedido al hombre para enmendarse de sus vicios y hacer penitencia, el del inapelable y definitivo juicio de Dios… Pero es tan solo la parte negativa y pavorosa del mensaje, las pinceladas oscuras que hacen resaltar la luz deslumbrante que inunda el cuadro. Nada más explendido que la llamada que el Señor dirige a su elegido. Nada más maravilloso que el ideal que se nos va revelando.

Tres personajes intervienen en el prologo: Cristo, el autor y el candidato a la vida monastica. El papel de este último se reduce casi a escuchar. El autor se eclipsa muy pronto, para reaparecer hacia el final. Cristo, pues, destaca como verdadero protagonista. Su divina persona domina todo el discurso que empieza y termina con la proclamación de su realeza (Prol.3 y 50). Cristo es el autentico Maestro. El es quien va descubriendo a su discipulo el camino que conduce a la vida en un dialogo bellisimo, del que conserva siempre la iniciativa. De este modo, la vocación monastica aparece nitidamente como el encuentro con una persona: Jesucristo. Lo que nos comunica el prologo es que la existencia del monje consiste en un “dialogo con Cristo”. El Señor habla al monje en el presente, pero también le habló en el pasado y, con total seguridad, le hablará en el futuro. Lo llama personalmente, lo interroga, responde a sus preguntas.

  • Estructura:

Empieza por formular el programa de toda vida humana (v.1-3). Hace incapie en la necesidad de la gracia de Dios y de la fidelidad del hombre para tomar y seguir el buen camino (v.4-7). Con textos y reminiscencias de la Escritura, evoca la llamada a la salvación, dirigida a todos por la palabra de Dios (v.8-13), y más particularmente la vocación personal del “obrero” del Señor (v.14-21). Enumera las condiciones que debe reunir quien desea habitar en “Su tienda” (v.22-34) y exhorta encarecidamente a aprobechar el tiempo y practicar, con la ayuda de la gracia, lo que “nos conviene para la eternidad” (v.35-44). Aquí se interrumpe la alocución para insertar unas frases en las que se presenta formalmente la Regla y se expresan las intenciones y excusas del autor (v.45-49), y terminar en seguida como solian terminar todos los sermones, deseando a todos glria eterna, sin que falte el Amén conclusivo (v.50).

Es de notar que, tanto en las primeras frases (v.1-4) como en la presentación de la Regla (v.45-49), el autor se dirige directa y afectuosamente al lector tratandole de tú; en el resto, incluidas las clausulas finales (v.50), usa el pronombre “nosotros”, propio de los predicadores, que engloba al orador y al auditorio. “Hermanos” (v.34), “hermanos carisimos” (v.19).

  • Escuchar y Obedecer (RB Prol.1):

“Escucha”. Desde la primera palabra nos sale al paso unos de los temas principales de la enseñanza. La misma idea aparece insistentemente en:

-salmo 33: “vengan hijos escuchen, voy a enseñarles el temor de Dios”

-salmo 94: “Ojala hoy escuchen la voz del Señor. No endureacan su corazón”

-Mateo 7: “Todo el que escucha mis palabras y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edifico su casa sobre roca”.

Pero en ningún otro pasaje tiene el verbo “escuchar” la fuerza expresiva, el matiz de cordialidad que lo caracterizan aqui. La frase con que se inicia la Regla evoca otras parecidas del libro de los Proverbios:

-“Hijo mio, haz caso de mis palabras, presta oido a mis consejos…” (4,20)

-“Hijo mio, haz caso de mi experiencia, presta oido a mi inteligencia…”(5,1)

-“Hijo mio, conserva mis palabras y guarda mis mandatos…”(7,1)

Los monjes antiguos sentian predilección por estas formas directas, entrañables que crean un clima de intimidad entre maestro y discipulo, un clima propio a las confidencias de corazón a corazón. San Pacomio comienza así una de sus catequesis: “Escucha, hijo mio, sé juicioso, acepta la doctrina, pues hay dos caminos…”. Evagrio Pontico, en uno de sus tratados dice: “Hermanos, herederos de Dios, oid las palabras de Dios; coherederos de Cristo, para que podais trasmitirla al corazón de vuestros hijos…”. San Jeronimo, se dirige a su discipulo Eustoquio con palabras del Salmo 44,11-22: “Escucha, hija; mira, inclina tu oido y olvida tu pueblo y la casa paterna, y el rey codiciará tu hermosura”. San Basilio se dirige a sus “hijos espirituales”: “Escucha hijo, la amonestación de tu padre e inclina tu oido a mis palabras, prestame de buen grado atención y oye con corazón confiado todo lo que voy a decirte”.

Quien exorta a su “hijo” a escuchar con el “oido del corazón” (notese el matiz de interioridad) y se apropia los nombres de “maestro” y de “padre entrañable” (notese el matiz de ternura), es, evidentemente, el Abad autor de la Regla. Paginas adelante calificará al Abad de “padre” y “maestro” cuando escribe que debe tratar a los monjes con la severidad de un maestro y el piadoso afecto de un padre (RB2,24). Del maestro son los preceptos, del padre las exortaciones y ambos abarcan practicamente todo el conjunto de la Regla.

La invitación a escuchar va seguida inmediatamente de una orden terminante: “et efficaciter comple”(v.1). No solo hay que escuchar, sino “poner por obra, eficazmente” lo que se ha escuchado. En primer lugar es preciso abrirse a la Palabra que nos busca, para luego realizar esta misma Palabra.

¿Con qué finalidad?

  • El Gran Retorno (RB Prol.2):

Resume la Regla en una sola frase el sentido, el drama, la dirección de la vida humana al proponer el objeto de sus preceptos: volver por el trabajo de la obediencia a Dios, de quien nos apartamos por la inercia de la desobediencia (v,2). Nos apartamos de Dios por no querer obedecerle. Ahora se trata de desandar el camino, de volver a Dios por la obediencia.

El sentido del pecado (desviarse del camino)aflora aqui al hablar del apartamiento de Dios y la desobediencia. Aunque soterrado e implicito las mas de las veces, la idea del pecado es un tema relevante en el prologo porque lo que en el fondo pretende la Regla no es otra cosa que ayudar a quien acepta su yugo a emprender y proseguir el gran retorno al principio fontal de donde todo mana, a “relizar su conversión; esa conversión exigida por todos los profetas y maestros”. El Prologo cita Romanos 2,4 (v.37) “reconoce que la bondad de Dios te impulsa a la conversión. Por la dureza y la impenitencia de tu corazón, vas atesorando colera para el día de la colera…”, donde se habla de penitencia, y Ezequiel 31,11(v,38) donde se habla de conversión. La Regla inculca al monje el sentido del pecado, le enseña a tenerse por lo que es, un pecador, y a obrar en consecuencia; es decir, convertirse y volver a Dios por la obediencia.

Para regresar a Dios, del que nos apartó la desobediencia de Adan, es preciso adherirse a Cristo, “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp2,8). Por eso nos habla la Regla, a renglon seguido, de Cristo y de incorporación a su servicio.

  • Al servicio de Cristo Rey (RB Prol.3):

La palabra clave del ascetismo cenobitico es: obediencia. La Regla no niega su arduidad; afirma positivamente que es laboriosa. El monje, más que “hacer un trabajo” es “un soldado”de Cristo. Ahora la Regla le brinda las fuertes y esclarecidas armas de la obediencia, para que, empuñandolas valerosamente, milite a las ordenes del verdadero Rey. Jesucristo (v,3). De este modo el tema del “retorno” a Dios adquiere un aspecto marcial, glorioso, exultante. Ya no es un trabajo sino un combate. Y no un combate meramente defensivo, sino ofensivo, puesto que se avanza luchando. Más aún, no se va a Dios solitariamente; se avanza con Cristo. El es el verdadero Rey y Señor.

Militarus. Es preciso detenerse un poco en este vocablo. Los terminos militia y militare no designan exclusivamente el servicio de las armas, sino que se aplica asi mismo al servicio civil. Militare evoca la idea del servicio de Dios bajo la disciplina de la Regla. El acento no recae ya en el combate, sino sobre el servicio, disciplinado y bien organizado, de Dios. Militare, conservando todavia vagamente la noción de lucha, se convierte en sinonimo de obediencia.

La Regla define al cenobita como el monje que sirve bajo una Regla y un Abad, y especifica más adelante que su servicio consiste en combatir el mal con la ayuda de los otros hermanos del monasterio, con quienes forma un “ejercito en campaña”.

Servir bajo el estandarte de Cristo Rey con las brillantes armas de la obediencia implica una renuncia previa: la renuncia a las propias voluntades (v,3). Este plural es significativo. No se trata de la voluntad en sentido moderno, que es sinonimo de energía; ni de la voluntad como facultad espiritual del amor, fuente de libertad y don de la propia persona. Se trata de las veleidades, de los deseos indeterminados, no polarizados por un amor; de impulsos que habitan en el hombre y estan, a menudo, afectados por lo que hay en él de “dinamismo pecador”. Estos “deseos” exponen al hombre a pecar si se deja llevar por ellos.

  • La Gracia y la Libertad (RB Prol 4-7):

    Otro preambulo imprescindible del servicio de Cristo Rey es la oración. Y no una oración cualquiera, sino una oración fervorosa y perseverante. Como la perseverancia en el servicio del verdadero Rey, supera las fuerzas de la naturaleza, hay que pedir intensisimamente la ayuda de la gracia.

    La necesidad de la gracia divina constituye otro de los temas principales del prologo de la Regla. “Cuando comienzes a poner en practica cualquier obra buena, pidele a Cristo con oración muy insistente y apremiante que él la lleve a termino”(v.4).

    La Regla no ignora que la idiosincrasia de los monjes dista mucho de ser identica. Según los temperamentos, ciertas observancias resultan fáciles, y otras dificiles e incluso aparentemente imposibles. La profunda convicción de la necesidad de la gracia resalta nítida y vigorosamente en las citas de 1Cor15,10: “Mas por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido esteril en mi. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo“.(v.31) y en 2Cor10,17: “Por la Gracia de Dios soy lo que soy“(v.31); y en la del salmo 113,9: “No a nosotros, Señor,no a nosotros, sino a tu nombre, da la gloria“(v.30), que la Regla comenta sin dejar lugar a dudas: “Los temerosos del Señor, saben que no pueden realizar nada por sí mismos, sino por el señor”(v,29).

    Luchando con las armas de la obediencia, la gracia es, por tanto, el presupuesto absolutamente imprescindible para avanzar por el camino que conduce a Dios. Ella constituye la fuerza del soldado de Cristo, lo que mantiene “invicta” en todo tiempo su fidelidad. Porque a Cristo “hay que servirle siempre en la obediencia con los bienes depositados en nosotros”(v.6).

    Cristo se nos manifiesta en el prologo como la meta hacia la que nos encaminamos, el Rey a quien servimos. Cristo se nos revela también como Padre que puede verse obligado a desheredar a sus hijos degenerados, y como Señor temible, dispuesto a condenar para siempre a sus seguidores indignos.

    El discurso tejido de antitesis: maestro y padre, precepto y admonición, volver y apartarse, obediencia y desobediencia, trabajo y desidia, padre y amo, pena y gloria; se inspira en la parabola del deudor despiadado Mateo 18,23-24:

    “El reino de los cielos se parece a un Rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debia 10.000 talentos, como no podia pagar, el rey mando que fuera vendido junto con su mujer, y sus hijos y todo lo que tenía para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies diciendole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”. El Rey se compadeció, le dejo ir y le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontro a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y tomandole del cuello hasta ahogarme, le dijo: “pagame lo que me debes”. El otro se arrojo a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda”, pero el no quieso, sino que lo hizo poner en la carcel hasta que le pagara todo lo que le debía. Los demás servidores, al ver lo sucedido se apenaron mucho y fueron a contarselo al Rey. Éste lo mando llamar y le dijo: ¡Miserable!, me suplicaste y te perdoné la deuda. ¿No debias tu tambien tener compasión de tu compañero, como yo me compadeci de ti? E indignado, el Rey, lo entrego a sus verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con vosotros, si no perdonais de corazón a vuestros hermanos”.

    La enseñanza fundamental de la parabola, el perdón fraterno, se deja intacta, y más especialmente la sentencia condenatoria del rey. Si se tiene en cuenta este texto biblico subyacente, se puede captar mejor la concatenación de ideas, el estrecho y profundo lazo que une a Cristo, la oración de su siervo y el temor del juicio. A la luz de la parabola s iluminan expresiones tales como “nuestras malas obras”(v,5), “Señor temible” y “castigo eterno”(v.6). Pero sobre todo resalta la aplicación a Cristo del papel del Padre. Cristo es el “padre airado” que amenaza con desheredarnos si no nos portamos como debemos. Cristo es nuestro padre adoptivo, puesto que “se dignó contarnos en el numero de sus hijos”(v.5).

  • Invitación General de la Escritura (RB Prol.8-13):

    El resto del prologo no tiene más que amplificaciones de las ideas precedentes. Así, nos invita a salir de la modorra espiritual. La Escritura nos “espabila” (v.8). Es la “voz que clama” y sin duda, “la luz de Dios” (v.9), a la que hay que abrir de par en par los ojos del alma, y cuyo mensaje se debe escuchar con oidos maravillados (v.9). No se trata de “escuchar” a una divinidad abstracta, sin nombre propio. La voz divina se individualiza: Cristo, la Palabra de Dios en persona, es quien invita a los hombres a abrir los corazones, escuchar al Espiritu y correr mientras los alumbra “la luz de la vida” (v.9-11).

  • La Vocación Personal (RB Prol. 14-21):

    Como el padre de familia del Evangelio (Mt 20,1), Cristo sale en busca de su obrero en medio del gentío: ¿Hay alguien que quiera vivir y pasar los años prosperos? Uno u otro contesta “yo”. Es la vocación personal. Cristo ha llamado y ha obtenido una respuesta; ha enontrado a “su obrero”. Ahora cierra con él un contrato: “Apartate del mal, obra el bien”. Esta es la parte del obrero. Por su parte el amo, Cristo, promete a sus jornaleros: “Mis ojos no se apartarán ya de vosotros, mis oidos atenderán vuestras suplicas”. Todo el pasaje es una parafrasís del salmo 33, a la que se añaden en este punto unas palabras tomadas de Isaias: “Y, antes que me invoqueis, os diré yo: Aqui estoy”.

    Salmo: 33

    …Vengan hijos y escuchen, voy a enseñarles el temor del Señor.

    ¿Quien es el hombre que ama la vida y desea gozar de dias felices?

    Guarda tu lengua del mal y tus labios de palabras mentirosas.

    Apartate del mal y practica el bien, busca la paz y sigue tras ella.

    Los ojos del Señor miran al justo y sus oidops escuchan su clamor.

    Pero el Señor rechaza a los que hacen el mal para borrar su recuerdo de la tierra.

    Cuando ellos claman, el Señor les escucha y les libra de todas sus angustias.

    El Señor está cerca del que sufre y salva a los que están abatidos.

    El justo padece muchos males pero el Señor lo libra de ellos.

    Él cuida todos sus huesos, no se quebrará ni uno sólo.

    La maldad hará morir al malvado, y los que odian al justo serán castigados.

    Pero el Señor rescata a sus servidores, y los que se refugian en Él no serán castigados.

     

    Esta escenificación de la llamada divina pone de relieve la gratuidad de la vocación. La iniciativa pertenece enteramente a Dios, a Cristo. La Escritura nos excita a salir del sueño, la luz brilla, la voz clama, el Señor busca a su obrero. Al hombre que abre los ojos para ver y los oidos del corazón para escuchar, y cumple la voluntad de Dios, y responde generosamente a la invitación del Señor, lo remunera el Señor dirigiendo hacia él su mirada, prestandole atención continuamente y aún previniendo con solicitud maravillosa su invocación. A la conversión del hombre corresponde, con creces, la conversión de Dios. “La Gracia constituye la unidad en que se encuentran Dios y el hombre”. ¿Puede haber algo más dulce para nosotros que ésta voz que nos invita?. Si el Señor, en su bondad, nos indica el camino de la vida, ciñamos nuestra cintura con la fe y la practica de las buenas obras, tomemos por guia el Evangelio y corramos por este camino hasta que lleguemos a Aquel de quien nos habiamos apartado, y que, con todo, quiso llamarnos a Su Reino, un Reino, situado más allá de los confines de este mundo visible.

  • El Camino del Tabernáculo (RB Prol. 22-34):

    El salmo 14 nos sugiere que “habitar en la tienda del Señor equivale a penetrar definitivamente en Su Reino”.

    Salmo 14

    Señor ¿Quien se hospedará en tu tienda?

    ¿Quien habitará en tu santa montaña?

    El que procede rectamente y practica la justicia;

    el que dice la verdad de corazón y no calumnia con su lengua,

    el que no hace mal a su projimo ni agravia a su vecino,

    el que no estima a quien Dios reprueba,

    y honra a los que temen al Señor.

    El que no se retracta de lo que juró,aunque salga perjudicado,

    El que no presta su dinero a usura, ni acepta soborno contra el inocente.

    El que procede así, nunca vacilará.

    Este texto es considerado como expresivo de la vocación monastica, el salmo 14 contiene los conceptos de busqueda de Dios, del camino que conduce a su morada, de las virtudes requeridas del que quiere habitar en el tabernáculo divino. A la pregunta: ¿Señor, quién puede hospedarse en tu tienda y descansar en tu monte santo? Contexta Cristo con palabras del salmo: “Aquel que anda sin pecado”. En resumen, el que practica el bien y evita el mal y se identifica con la practica de las “buenas obras”. El prologo no se cansa de insistir en ello (v.22-28). Pero tampoco se cansa de hacer incapie en la gracia divina, sin la cual las buenas obras son imposibles, o a lo más, pura apariencia y formas de orgullo del hombre. (v.24-32). Obras humanas hechas posibles por la gracia divina: tal es el camino que conduce al tabernaculo eterno.

    Llegamos así a otro momento cumbre del prologo. Las palabras de Jesus recogidas por Mateo 7,24-25:

    “Todo el que escucha las palbras que acabo de decir y las pone en practica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Calleron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudierosn la casa, pero ésta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Calleron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: ésta se derrumbó y su ruina fue grande”.

    El prologo de la Regla de San Benito está enteramente construido sobre esta pagina del Evangelio. San Benito nos funda sobre la Roca de Cristo y la Roca de la Practica; pues existe un Cristo “soñado” a quien dicen: “Seño,Señor” y hay un Cristo practicado, del que dice San Pablo: “Para mí vivir es Cristo”.

  • Recapitulación (RB Pro.35-44):

    “El Señor espera que cada día le respondamos a sus santas exhortaciones con nuestras obras” (v.35). Con textos y reminiscencias de los Salmos, de San Pablo o de los Evangelios, con frases del Antiguo y del Nuevo Testamento, ha sido, pues, Cristo, quien ha estado hablando personal y constantemente a lo largo de casi todo el prologo. Ahora se trata de resumir sus preceptos y exhoratciones. La “tregua” de este vida se nos da para una enmienda (v.36); la “paciencia” de Dios nos empuja a la “penitencia” (v.37) y a la “conversión” (v.38); la vocación a penetrar en el Reino de Dios requiere el cumplimiento de los “deberes del morador” (v.39). Estos deberes se resumen en una frase: servir en cuerpo y alma bajo la santa obediencia debida a los preceptos (v.40). De nuevo se recuerda la necesidad de la gracia (v.41), (es notable como se insiste en esta idea básica en la vida espiritual), así como los tormentos del infierno y la vida perdurable (v.42), entre los que hay que escoger mientras es aún posible (v.43), para terminar con una vigorosa y apremiante incitación a “apresurarnos y poner en practica lo que redundará en nuestro bien en la eternidad” (v.44).

  • Una Escuela del Servicio Divino (RB Prol. 45-49):

    No se ingresa en el monasterio para llevar un genero de vida especial y extraordinario, sino para vivir la vida del verdadero cristiano. La catequesis del prologo es un documento no especificamente monastico sino puramente cristiano. La vocación del monje no es diferente de la del cristiano. La primera de las caracteristicas que se advierten en los escritos eclesiasticos de la antiguedad es que el monje primitivo no aparece en modo alguno como un “especialista”; su vocación no es una vocación particular o excepcional. El monje no es más que un cristiano que se limita a utilizar los medios más radicales para que su cristianismo sea integral. El Prologo sigue esta linea de pensamiento (v.45) y por ello se decide a instituir una “escuela del servicio divino”. El termino schola no hace referencia a un lugar de investigación erudita o doctrinal, sino el de un lugar donde se aprende algo o se ejerce una profesión. El vocablo schola puede tomarse también como “cuartel”. San Benito ha hablado ya del monje como soldado, por eso el monasterio puede ser un lugar donde el monje se ejercita en la milicia de Cristo. Se puede decir que el monasterio es una “escuela” en la que el señor Cristo será escuchado como maestro y servido como soberano, seguido hasta su cruz y su Reino.

    La Regla no pretende otra cosa que proporcionar al obediente servidor de Cristo Rey una “ley” bajo la que pueda procesar la “milicia” (58,9); es ella misma una “escuela”, una doctrina, una norma según la cual el monje fiel y generoso podrá realizar plenamente tan noble y ennoblecedor servicio. “No esperamos disponer nada que pueda resultar duro y penoso”, asegura San Benito (v.46). Pero hay que corregir vicios, hay que mantener la caridad, y ello puede requerir ciertas ordenaciones exigentes para la humana naturaleza. La Regla prepara con cautela y delicadeza el ánimo del monje o aspirante para semejantes aprietos. “No abandones enseguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que en los comienzos forzosamente ha de iniciarse con estrecheces” (v.47-48).

    El Prologo, sin duda, alude a Mateo 7,14:

    “Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran”.

    No dijo Jesus que el callejón o sendero se ensanchara, sino tan sólo que era estrecho. Lo que se ensancha a medida que se va avanzando es el corazón. Y ya no se anda; se corre por la vereda de los divinos preceptos, como asegura San Benito apoyandose en el Salmo 118,32: “Correré por el camino de tus mandamientos cuando me ensanches el corazón”.

  • Conclusión (RB Prol. 50):

    La conclusión del prologo la forma una doble oración final, con varios incisos. En uno de ellos aparece por primera vez y única, un termino especificamente monástico: monasterium.. Se usa esta vez, no en su acepción primitiva de “morada de un solitario”, sino en el sentido secundario, que absorvió pronto al primigenio, al menos en el mundo latino, de “morada de una comunidad de monjes cenobitas”. En el monasterio hay que perseverar hasta la muerte. Cuál debe ser la vida de los monjes en el monasterio será el tema de todos y cada uno de los capitulos que siguen a continuación. Aqui solamente se advierte la obligación de no desviarse jamás del majisterio divino y mantenerse firmes en la doctrina, para terminar en seguida declarando la causa final de la vida monastica, lo que da sentido, tanto a ella, como al la vida cristiana: participar ahora en los sufrimientos de Cristo, para compartir también con Él, su reino glorioso. La vocación monastica está totalmente centrada en la realeza de Cristo. Monje es aquel que ingresa en el monasterio para servir bajo las ordenes de Cristo empuñando las armas de la obediencia (v.3). Toma esta decisión porque Cristo le ha llamado a su servicio (v.21) y él mismo suspira por habitar en su pabellon real (v.22). Si persevera en el servicio de Cristo participando de su pasión hasta la muerte, tendrá parte, asimismo, en Su Reino. (v.50).

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Written by santaelisabeth

noviembre 27, 2007 a 12:32 pm

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