Santaelisabeth

El Abad

CAPITULO 2

EL ABAD (RB 2 y 64)

  • La Regla y el Abad:

    Excluidas las demás clases de monjes, la Regla, al mencionar en adelante a los “monjes” (monachi), o, con más frecuencia, a los “hermanos” (fratres), se referirá siempre a los cenobitas. Una vez expresada claramente su intención, pone la Regla, la piedra fundamental del cenobio: el abad, en un capítulo que se destaca incluso externamente de los demás, por ser, despues del septimo, el más largo y sin duda alguna, uno de los más solemnes.

    El cargo abacial y la persona que lo desempeña son de tanta entidad y trascendencia, que no se limita la Regla a dedicar el capitulo segundo a describir qué es y cómo debe ser el abad, sino que insiste de nuevo en el capitulo 64. De echo, a lo largo de todo el texto, se ocupa la Regla del abad; son casi contunuas las referencias a sus deberes, a sus poderes, a sus derechos, a sus virtudes. No cesa de darle normas de gobierno, de exigirle nuevas cualidades. El capitulo 27 está dedicado enteramente a inculcar la exquisita solicitud con que debe atender a los monjes caidos y excomulgados.

  • Abbas (RB 2,1):

    Abba, es un vocablo de origen arameo, en el Nuevo Testamento, solo se palica a Dios, Padre de nuestro señor Jesucristo y Padre nuestro, y es Jesus quien lo pronuncia. ¿Cómo aplicar, pues, un nombre divino a simples mortales? Sobre todo teniendo presente que el mismo Jesus habia advertido: “No os llameis “padre” unos a otros en la tierra, pues vuestro Padre es uno solo, en el cielo” (Mt 23,9). San Jeronimo lo advertía en el año 380: Siendo así que Abba en lengua hebrea y siríaca significa “padre”, y nuestro Señor en el Evangelio ordena que a nadie debe llamarse “padre” másd que a Dios, no se con qué licencia en los monasterios llamamos a otros o nos dejamos llamar a nosotros mismos con este nombre“. San Pacomio dijo: “Jamás pensé que yo era el padre de los hermanos, pues sólo Dios es Padre“. La unica justificación posible de atribuir a un hombre en el plano religioso, el nombre de “padre” ha sido precisamente rendir homenaje a la unica paternidad de Dios que dicho hombre representaba. Así lo entiende más tarde el mismo San Jeronimo cuando allá por el 398 usa la expresión “sanctus pater” para designar al superior de los monjes, que puede decir a Dios Padre: “Mi pueblo no me está sometido a mi, sino a ti; me sirve a mi para servirte a ti“.

    Ya en los principios del monacato primitivo empezó a usarse entre los monjes la palabra abba, aunque desprobista de todo sentido de jerarquia y autoridad, e incluso de toda relación con su uso en el Nuevo Testamento. No se haya en San Atanasio, ni en las cartas de San Antonio, pero si en los textos clasicos del monacato primitivo egipcio de fines del siglo IV (La Historia Monachorum, La Historia Lausiaca, Los Apophthegma Patrum). En los textos monasticos egipcios, los nombres Apa o apá, en el dialecto sahídico, no deben tomarse por un puro titulo honorifico que daban los “hermanos” a los “ancianos”, pues se consideraba a los “ancianos” verdaderamente como “padres espirituales”, como personas, a traves de las cuales, se ejercita la paternidad de Dios en los desiertos. Apa o Abba era tan solo el monje que habia llegado a la perfección y recibido el Espiritu, poseedor del carisma y de la ciencia espiritual, capaz de pronunciar las palabras de salvación inspiradas por el Espiritu, y, por consiguiente, de comunicarlo, de engendrar hijos según el Espiritu, hasta formar en ellos monjes perfectos y futuros “padres espirituales”.

    Pero, como es bien sabido, las palabras se van deteriorando con el uso, van perdiendo sentido o este va evolucionando. El sentido tecnico, caracteristico y pleno de Abba se fue esfumando a medida que iba desvaneciendose el espiritu que animó a las primeras generaciones de monjes.

    El vocablo pasó al griego y al latin. En ocidente se impuso pronto a otros terminos: pater, praepositus, maior, etc. Con que se designaba al superior de una comunidad monástica. Ya se encuentra con esta acepción en Sulpicio Severo y Casiano, y el primer concilio occidental que se ocupa de temas monasticos (Arlés, año 455) da el nombre de Abbas al superior de Lerins como si se tratara de un titulo oficial. En el siglo VI era el termino más usado, la Regla aqui no es innovadora. Abbas es el nombre del monje que rige el monasterio, el superior. Sin duda está desprovisto ya de todo matiz que pueda recordar su significado más original y primitivo, que hayamos todavia en Casiano, de monje “anciano” y “padre espiritual”.

  • Vicario de Cristo (RB 2,2-3):

    No evoca, pues, al espiritu Santo y su comunicación a los monjes perfectos el termino Abbas en la Regla. Tiene una nueva y profunda significación. A quien evoca es a Cristo al decir: Christi enim agere vices in monasterio creditur. Es materia de fe. Abbas, según la Regla, constituye uno de los sobrenombres de Cristo. La prueba de que el superior hace las veces de Cristo es que se le designa con su mismo nombre: abad, padre.

    Hoy en día semejante afirmación puede resultarnos extraña, principalmente al encontrarnos con el testimonio escrituristico en que el aserto pretende fundamentarse: (Rom 8,15). Que el Abad sea el vicario de Cristo en el monasterio, se puede admitir sin mayor dificultad. Que se llame Abad o padre porque es un sobrenombre de Cristo, es más discutible. Que cristo sea Padre porque en San Pablo se lee: “Habeis recibido el espiritu de adopción filial que nos permite gritar: ¡Abba! ¡Padre!” (Rom 8,15) resulta del todo inaceptable. Hasta hoy, los comentaristas se han encontrado en un gran aprieto al tener que comentar este pasaje. Por ello ha sido uno de los más estudiados en toda la Regla. La bibliografía moderna que le concierne es abundante. Aristides, San Justino, Clemente de Alejandria, Origenes, San Atanasio, San Agustin, Evagrio Pontico Filoxeno de Mabbug, San Cesareo de Arlés, La Regula Magistri, y muchos Padres y escritores eclesiasticos garantizan el caracter antiguo, generalizado, tradicional y ortodoxo de la doctrina de la paternidad de Cristo.

    Sus fundamentos son diversos: Se da a Cristo el nombre de Padre por ser el nuevo Adan (Rom 15,12-21) y el Esposo de la Iglesia (Ef 5,23-33); (1Cor 6,16); (Ap 21,9). Por su caracter de Maestro de los cristianos (Mt 23,10), el maestro era considerado generalmente como padre espiritual de sus discipulos (Eclo 30,3); (Prov 3,21); (Prov 4,1-17).

    El problema que se plantea en algunos comentaristas es: si Cristo humillado obedece al Padre y no a sí mismo; ¿cómo puede, pues, el Abad representar al Hijo al dar ordenes?. Al monacato sólo le es posible contestar con las palabras de Cristo: “Quien me ve a mi, está viendo al Padre” (Jn 14,9); “Mi doctrina no es mia sino de quien me ha enviado” (Jn 7,16). Y el respeto del hijo con relación al Padre se traduce para el Abad en el temor del Señor, muy fuertemente subrayado; con el mandato que ha recibido, la cura de almas que ha aceptado, él mismo está obligado a una obediencia más estricta que cualquier otro monje.

    ¿En que sentido hay que tomar la paternidad de Cristo, del que el Abad es vicario según la Regla? ¿Se trata de una paternidad meramente espiritual o de una paternidad adoptiva? Desde luego, se trata de una paternidad espiritual. Sin embargo, como, según el Prologo (3-7), Cristo nos ha adoptado por hijos, es licito leer en la misma perspectiva el principio del capitulo 2. En cuanto a la aplicación a Cristo del texto paulino Rom 8,15, hay que reconocer que no estuvo nada inspirada. El Abba a quien clamamos en Rom 8,15 es el Padre, no el hijo. Porque fue el mismo Cristo el primero que nos enseño a pronunciar Abba, Padre. No solo en la oración, en toda su vida prolonga Jesus lo que ese Abba significa. Jesus ha vivido como Hijo ante el Padre, le ha invocado como Abba, y luego ha hablado de Dios Padre. Cristo, en el mismo instante en que está diciendo que Dios es Padre, está diciendo que Él es Hijo. Y porque estamos incorporados al Hijo, “somos hijos de Dios, y si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo” (Rom 8,16-17).

    Es como hermano y nunca en calidad de padre como se presenta al Señor en el Nuevo Testamento. Los textos son claros y numerosos. Jesus considera hermanos suyos al pobre, al destituido de todo, al afligido, al perseguido (Mt 25,40). “Id a avisarles a mis hermanos…” ordena a las mujeres una vez resucitado (Mt 28,10). Habla de “Mi Padre y vuestro Padre” (Jn 20,17), acetuando la diferencia pues él es el primogenito de una multitud de hermanos según dice Pablo (Rom 8,29). “No se averguenza de llamarnos hermanos” dice en la carta a los Hebreos (2,11).

  • Maestro y Pastor (RB 2,4-10):

    La Regla se apoya en el uso neotestamentario del vocablo Abba para desarrollar una “teologia” del Abad. Toda la doctrina, teorica y practica, sobre la autoridad monastica nace de la consideración de que el Abad es el vicario de Cristo-Padre. El resto del capitulo no contiene más que repetidas e insistentes exhortaciones, dirigidas al propio Abad, para que cumpla fielmente con su oficio, que se va definiendo poco a poco.

    En primer lugar ocurren dos imagenes, dos analogias, correspondientes a dos atributos de Cristo, atestiguados por los Evangelios y abundantemente ilustrados por la tradición literaria y el arte paleocristiano: el Maestro y el Pastor. “Vosotros me llamais Maestro y con razón, porque lo soy” (Jn 13,13); “Yo soy el buen Pastor” (Jn 10,14). Son las palabras del mismo Jesus. El Abad, representante de Cristo en el monasterio, ejerce, por consiguiente, un oficio magisterial y una cura pastoral. Es también maestro y pastor. Maestro que enseña, ordena y manda, como hacian los maestros antiguos: Sólo que no enseña una doctrina propia, ni impone su propia voluntad. Su doctrina es la de Cristo; sus mandatos deben amoldarse constantemente a la voluntad de Cristo. Como pastor, no apacienta sus propias ovejas, pues no las posee; las ovejas que cuida pertenecen al Padre de la familia, Cristo.

    Como maestro, tendrá el Abad que rendir cuentas, no sólo de su doctrina, sino también de la conducta de sus discipulos. Lo que evidentemente no exime a éstos del juicio divino como pretende la Regula Magistri. En la Regla de San Benito no hay rastro de esa teoria que haria de los monjes unos irresponsables vitalicios.

    En calidad del pastor, se imputarán al Abad todas las deficiencias del rebaño. Es notable la diligencia (omnis), “toda”, con que deben tratarse las ovejas, el cuidado omnimodo (universa cura), todos los remedios, con que debe intentares sanar sus enfermedades. A pesar de ello, el rebaño puede mostrarse obstinadamente rebelde a toda solicitud del pastor y perderse para siempre.

  • Normas de Gobierno (RB 2,11-40):

    Sigue una serie de directrices. Algunas se repiten insistentemente, lo que prueba la importancia que se les da. No hay orden. Se diría que nos hayamos ante la redacción directa, sin elaborar, de una retahíla de consejos que un Abad lleno de años y experiencia da a su sucesor.

    Ante todo se recuerda un principio de suma importancia: la doctrina del maestro debe ser doble, teorica y practica (v.11-14). El Abad debe enseñar con sus palabras y con su ejemplo. Y más con su ejemplo que oralmente. Debe mostrar con su propia conducta lo que es bueno y santo practicándolo él mismo. Es asunto de sinceridad y honradez. Pero también de adaptación a los diversos caracteres y temperamentos, en que tanto insiste la Regla, especialmente en éste capitulo; los “simples” y los “duros de corazón” son sensibles casi exclusivamente a las enseñanzas del ejemplo.

    El parrafo siguiente (v.16-22) hace hincapié en la imparcialidad del superior. Las discriminaciones infundads son odiosas. Por eso amará el Abad a todos por igual, “porque Dios no tiene favoritismos”. Pero atenderá también, es justo, a los méritos de cada cual, en incluso podrá preferir en su amor, es humano, a algunos de los monjes: a los mejores por sus virtudes, en particular a los más obedientes. Imparcialidad no es sinonimo de uniformidad. No comete el superior ninguna injusticia al preferir en su corazón a los hermanos más obedientes.

    “Reprende, exhorta, amonesta” (2Tim 4,2). El deber de corregir destaca entre los demás, por su importancia y dificultad. El capitulo dedica al tema dos parrafos. En el primero (v.23-25) hace incapié en la necesidad de acomodarse a las circustancias y a la variedad de idiosincrasias y comportamientos de los monjes cuando se trata de corregir y reprender; sobresale la hermosa frase que aconseja al Abad mostrarse exigente como un jefe y tierno como un padre. El segundo parrafo (v.26-29), de una notable dureza, determina con más exactitud el modo de corrección: debe ser inmediata y efectiva; por eso, a los virtuosos y sensatos bastará amonestarlos de palabra una o dos veces, pero a los duros e inflexibles se les aplicará, sin advertencia previa, el castigo corporal. “Da unos palos a tu hijo y lo librarás de la muerte” (Prov. 23,14).

    Jamás debe perder de vista el Abad lo que es y lo que se le da, ni la gran responsabilidad que entraña su cargo e indica su mismo nombre (v.30). Regere animas: “dirigir almas”. Tres veces (v.31,34 y 37) aparece esta expresión en el capitulo para recordarle al Abad lo que constituye la parte más esencial, delicada y grave de su tarea. Dirigir almas significa “servir” a temperamentos muy diversos, amoldarse a diferentes capacidades intelectuales. Como se ve la Regla (v.31-36) no se cansa de insistir en ello. Y es que, para su autor, el asunto reviste la mayor impotancia pues, gracias a ello, el rebaño prosperará y el pastor podrá felicitarse de ello. Pastor de almas, el Abad les dedicará lo mejor de sus cuidados. “No se vuelque con más intenso afán sobre las realidades transitorias, materiales y caducas” (v.33), tenga fe en la Providencia. Notese la fugacidad e inconsistencia de los bienes temporales en comparación con el bien de las almas. ¿Qué importan la escasez de bienes materiales?. Está escrito que se darán por añadidura a quienes buscan el Reino de Dios (Mt. 6,33) y que nada puede faltar a los que le temen (Sal. 33,10). La Palabra de Dios no falla nunca.

    San Benito termina el capitulo 2 con unas frases que insisten, una vez más, en la cuenta que deberá dar el Abad de todas y cada una de las almas incluida la suya. Este pensamiento lo llenará de santo y saludable temor. Así mientras procura que los otros se enmienden de sus defectos, él mismo se irá corrigiendo de los propios (v.37-40).

  • La Elección y Ordenación del Abad (RB 64,1-6):

    Nada se determina en el capitulo 2 acerca de la instalación de Abad. La Regla aborda el tema en el 64. El titulo solo corresponde a la primera parte del texto (v.1-6); la segunda, tres veces más larga (v. 7-22), contiene un segundo directorio abacial, comparable al primero aunque con caracteristicas bastante diversas.

    No resulta facil interpretar varios terminos importantes de este pasaje. La Regla no explica el sentido de elegere, constituere y ordinare, es decir, las palabras clave; ni determina como hay que realizar lo que significan.

    Cuando un legislador monastico no es bastante claro ni explicito sobre un punto determinado o lo pasa enteramente por alto, es porque lo juzga bien conocido y admite la practica establecida. La manera de instalar a un nuevo Abad constituye uno de estos casos.

    En el siglo VI, los modos de elección eran diversos. Al menos seis:

    -el nuevo Abad podia ser designado por el predecesor.

    -por los Abades de la región

    -por el Obispo competente

    -por el metropolitano o el patriarca

    -por el possessionis dominus

    -por una minoria especialmente cualificada

    Teniendo todo esto presente, veamos el texto de la Regla. Al determinar que se instale al elegido sea por la comunidad unanime, se solo por una parte de la misma con más sano criterio (v.1), excluye las otras formas de elección corrientes. Por ejemplo, según la Regla del Maestro (c.92), era el Abad, ya proximo a la muerte, quien excogia al monje que tenía que sucederle. San Benito, en cambio, acepta el modo más corriente en la tradición cenobitica. El cenobio entero y unanime solía elegir a su nueva cabeza. La Regla no ofrece pormenores sobre el mecanismo electoral. Si ninguno de los monjes alcanzaba el sufragio unanime de la comunidad (sistema, al parecer, preferido), se confía la elección a una parte de la misma especialmente autorizada. Lo que la Regla no esclarece es quienes formaban esta porción selecta de electores. Posiblemente, pudieran ser aquellos monjes con los que el Abad anterior había compartido alguno de sus poderes: superiores, subalternos, decanos, ancianos. En el lenguaje de la epoca eran monjes melioris opinionis o sanioris consilii.

    Para la Regla lo importante es que el elegido ofrezca garantias, que sea hombre de vida irreprochable y de doctrina segura, aunque ocupe el ultimo lugar en el orden de la comunidad (v.2). Esta clausula ofrece bastante originalidad pues, se sabe, que en la epoca se acostumbraba a tener en cuenta no solo el mérito personal, sino también el rango del candidato. En todo caso, ni el obispo, ni los abades de la región, ni los cristianos de los alrededores debían inhibirse y permitir que se instalara un Abad indigno, aunque hubiera sido instalado por unanimidad. La Regla muestra gran energía en este pasaje (v.3-6). No teme la intervención de extraños, antes bien, la solicita y casi la exige. No obstante, resulta claro que la ultima palabra la tiene el Obispo de la diocesis que era quien, de hecho, nombraba y ordenaba al Abad elegido.

    En todo el capitulo, el termino ordinatio ha de entenderse en el sentido especifico, liturgico, de “ordenación”. No se trata de un sacramento, de una “orden sagrada”, sino de una especie de sacramental. Es dificil determinar en qué consistía. Con seguridad, en una oración pronunciada sobre el electo por el Obispo, quizá con algunas ceremonias accesorias.

  • El Segundo Directorio Abacial (RB 64, 7-22):

    Dirige a continuación, la Regla, una exhortación al Abad acerca no tanto de sus obligaciones como de lo que debe ser, o intentar ser él mismo. Ilustra al Abad acerca de las cualidades humanas, el carisma de la dirección de las almas, las dotes del pastor cristiano que debe poseer. El capitulo 64 hace incapié, muchoa más que el capitulo 2, en las cualidades que el Abad debe cultivar en sí mismo, en el espiritu que debe animarlo en su tarea de corregir y gobernar. Introduce algunas rectificaciones en sus normas anteriores en el sentido de una mayor discrección, de una creciente benignidad.

    A la introducción (v.7) corresponde la conclusión (v.21-22), pues ambas tienen un tema común: rendición de cuentas; a la breve recomendación de cuatro cualidades positivas (v.9), la advertencia contra seis cualidades negativas (v.16); al relativamente largo comentario sobre la corrección de las faltas (v.12-15), otro sobre el modo de gobernar (v.17-19). Estos que podriamos llamar bloques esenciales de la construcción del directorio están unidos entre sí por una serie de frases consistentes y juiciosas. Una hermosa maxima tomada de San Agustin (v.8):

    Más le corresponde servir que presidir“.

    sirve de transición entre la consideración global de la tarea del Abad y los consejos que van a seguir; una recomendación de la misericordia (v.10) viene a ser un apendice de la lista de las cualidades positivas, y otra sentencia de sabor agustiniano (v.11):

    Aborrezca los vicios pero ame a los hermanos

    una variación sobre el tema “misericordia” y “juicio” de la frase anterior; la recomendación de mantener la observancia de la Regla, finalmente, es consecuencia de todo lo que antecede y anuncio de la conclusión. Vista la construcción veamos el contenido.

    La introducción y la conclusión no ofrecen especial interes, pues los mismos temas ya se tocaron en el primer directorio del capitulo 2: “Sepa que debe servir más que señorear“.

    De las cualidades positivas que han de adornar al Abad: doctrina, desinteres propio, sobriedad y misericordia (v.9), solo la última es objeto de un comentario. Se recomienda que se prefiera la misericordia a la justicia, para obtener lo mismo para sí (v.10), alusión a Mt 5,7: “Bienaventurados los misericordiosos…” y Mt 7,2: “Con la misma medida que midais sereis medidos“. Luego se le invita a aborrecr los vicios sin dejar de amar a los hermanos (v.11).

    Ello conduce a San Benito a tratar el modo con que debe aplicarse la corrección, uno de los temas capitales de todo el codigo monástico. Sin exceso. (v.12). En seguida un recurso a la escritura (Is 42,3): “No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde debilmente“. (v.13) conduciendonos al plano de la imitación de Cristo (Mt 12,20). Leemos a continuación un texto donde se retracta con respecto al capitulo 2 donde invita al Abad a extirpar de raiz las malas tendencias, los vicios, en cuanto aparezcan; sin perder tiempo en amonestaciones, apelar enseguida a los azotes y otras penas corporales (RB2, 26-29). Aqui, por el contrario, se recomienda de nuevo arrancar los vicios “con prudencia y con caridad“según viere convenirle a cada cual” (v.14). Resalta aqui poderosamente el contraste entre ambos directorios.

    Esta primera parte se cierra con un nuevo aforismo: procure el Abad ser más amado que temido (v.15). La formula parece provenir de la Regla de San Agustin 15, aunque la hayamos en otros textos de Cicerón, Séneca, Tácito, Homero, Jenofonte y otros. En estas pocas palabras de la Regla convergen la sabiduría del desierto, la sabiduría cristiana y la sabiduría politica clasica. “Procure ser más amado que temido” es una variante de “servir más que señorear“. En ambas sentencias aparecen dos grupos de elementos: autoridad, honor, temor, por una parte; servicio, misericordia, amor, por otra. El ideal sería lograr el equilibrio entre uno y otro. Pero en la realidad (y la Regla es realista) resulta imposible mantener constantemente a la par ambos platillos de la balanza. Al de la autoridad y el honor que ésta exige debe aventajar en peso el platillo de la comprensión y el amor.

    Entre los escollos que el Abad debe sortear están el de la ansiedad y el exceso de celo del mismo superior (v.16). Habrian de cultivarse, pues, la mansedumbre, la confianza, la moderación, la condescendencia.

    Por lo que se refiere a su gobierno, a las ordenes y disposiciones que debe dar, se le recomienda la previsión, la consideración la moderación y la discrección (v.17). La “discrección” es un concepto dominante en todo el directorio; la discrección del Santo Jacob (v.18) que no queria fatigar a sus rebaños haciendoles andar demasiado (Gen 33,13); la discrección “madre de las virtudes” según Casiano que dedica su “colación” 2,4,4 enteramente a este tema capital de la espiritualidad monástica y regla suprema del monacato cristiano (v.19). La discrección hará que el Abad disponga todas las cosas (tanto espirituales como temporales) (v.17) de tal modo, que los monjes fuertes deseen más y los debiles no se descorazonen (v.19). Esta expresión nos recuerda al: non refugias del Prol. 48. En ambos casosconsidera San Benito la misma situación humana: la del monje pusilanime o de pocas fuerzas que, ante una observancia demasiado rigurosa, se siente tentado a abandonar. En el prologo se dirige San Benito a este monje desanimado, exhortandole a la perseverancia; en este pasaje pide al Abad que tenga compasión de su flaqueza. En el prologo promete al hermano vacilante que en la Regla no se va a establcer nada demasiado duro y penoso; en este segundo directorio exige de la discrección del Abad que cumpla lo prometido, aliviando más bien que aumentando, el peso de la Regla, que, por lo demás, en todo y sobre todo debe mantener (v.20).

  • Conclusión:

    Termina el primer directorio (RB 2,39-40) haciendo hincapié en el juicio de Dios y en la corrección de las propias faltas del Abad. Esta mezcla de temor y severidad se da al final del segundo directorio junto a una nota de esperanza. Recuerda San Benito, para levantar el ánimo del Abad, el premio que está preparado al criado fiel y cuidadoso cuando vuelva el Señor: “Os aseguro que le confiará la administración de todos Sus bienes” (Mt 24,47).

    Una visión inspira al redactor en este segundo directorio: la del pastor ideal, del servidor humilde, manso y paciente que es Cristo. Espiritu de servicio, misericordia y amor a los hombres; prudencia que teme cualquier exceso de dureza en la corrección como en los mandatos, mansedumbre, paz…

    El Siervo de Isaias, El Cristo de San Mateo, El Pastor de San Pablo, El Anciano Misericordioso y Discreto de Casiano: todas estas figuras ideales del lider cristiano se funden en el Abad. Tal es el admirable retrato que San Benito traza en su capitulo 64. Difiere en bastantes muntos de la Regla del Maestro incluso, del capitulo 2 de su propia Regla. ¿Se corrigió a sí mismo San Benito en una edad avanzada, a la luz de su experiencia? ¿Pertenece el capitulo 2 a una mano diferente que la del 64? Todas las hipotesis están permitidas.

    No obstante nos queda la imagen de un Abad servicial y misericordioso más que como un maestro duro, severo y tenso, desasosegado por el peso de su responsabilidad.

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Written by santaelisabeth

diciembre 3, 2007 a 1:24 pm

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